Augusto Monterroso: Cuando despertaron, su decálogo seguía ahí

por: David González Torres

Cuando un día despertó, Augusto Monterroso creó a Eduardo Torres, su seudónimo y autor de un decálogo para aquellos aviadores con pocas horas de vuelo. Este decálogo contiene doce mandamientos para que cada “quien escoja los diez que más le acomoden, y pueda rechazar dos, al gusto”.

En su primer consejo en “Los Buscadores de Oro” afirma: Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre. (I) “Los libros son como cajas… Uno tiene algo y lo coloca allí… Donde hay una página en blanco es que renuncié a algo demasiado malo. La gente suele agradecerme mucho mis páginas en blanco”, confiesa Monterroso para refrendar su fama de autor escaso. La parquedad de Don Tito, como los conocen sus allegados, va acompañada de su lentitud en publicar. No sólo hace esperar al lector por sus nuevos escritos, sino que, cuando decide regalarnos nueva buena literatura, nos regala poca cantidad.

Este aviador ha sobrevolado toda su obra siempre entre breves relatos como El Dinosaurio, siete palabras que conforman el menor cuento de toda la literatura:

“Cuando despertó,el dinosaurio todavía estaba allí”.

Maestro milimétrico del minicuento, Monterroso recomienda que lo que podamos decir con cien palabras habrá que decirlo con cien palabras; lo que con una, con una. Nunca empleemos el término medio; jamas escribir nada con cincuenta palabras. (IV). Este éxito dinosáurico y tantos otros no lo ha envanecido. Don Augusto afirma que “la posteridad siempre hace justicia”. No escribamos nunca para nuestros contemporáneos ni mucho menos para nuestros antepasados. Escribamos para la posteridad, en la cual sin duda el escritor será famoso. (II), aconseja el guatemalteco.

El joven aviador no debe perseguir el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, habría que procurarse un buen fracaso de vez en cuando para que nuestros amigos se entristezcan (VII). El premio Príncipe de Asturias de las Artes y las Letras de 2000 nació en Honduras el 21 de diciembre de 1921, según reconoce, “debido a una cuestión de tiempo y azar”. Sin embargo, se siente y ha sido siempre de Guatemala, país de donde se vio obligado a exiliarse al llegar la dictadura.

Debido a esta muesca biográfica, quizás aconseja a los pilotos noveles que aprovechen todas aquellas desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza. El primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores. Evitar dormir como Homero, o la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy (VI). Moterroso, que acabó en aquellos años dictatoriales escondido en México, confiesa que en todo lo que escribe oculta más que revela, así considera que nunca habrá que olvidar que en literatura no hay nada escrito (III).

Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche. (V) Esa es la preocupación primera y última cuando uno pretende ser un artista, tomar la literatura y la escritura como arte, según dice el autor de “Cuentos Fábulas y lo demás es silencio”. Los que deciden sobrevolar la literatura como oficio deben formarse un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes” (VIII).

Al creador de “La oveja negra y otras fábulas” le gusta el perfeccionismo, porque es lo que lleva a la máxima sencillez y por tanto a la máxima claridad. “La sencillez y la claridad y la facilidad de lectura son los elementos más importantes”, afirma. El décimo consejo planea sobre quien nos lee. El aterrizaje en los vuelos literarios debe realizarse de modo que se trate de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procurar que efectivamente lo sea; pero para lograr eso es necesario tener que ser más inteligente él (X).

Para este Gran Aviador, la frase no debe verse, lo que se debe ver es lo que esa frase dice. Esto significa que debe estar correctamente expresado y, como un ideal final, que sea bello. Porque una cosa, por verdadera que sea, puede no ser bella si no le añade lo que el arte de la escritura enseña. A vueltas con el lector, Monterroso aconseja: No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio. (XI)

Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado (XII). Por eso, en sus cortos vuelos viajan siempre personajes narcisistas que se aíslan de la complejidad de sus mundos. Personajes que tratan de imponer su reducida visión de la realidad en el caos de la vida, tal como plasma el escritor en en “El Eclipse”, uno de los diez mejores cuentos de la literatura universal. En él, fray Bartolomé Arrazola busca con la ignorancia salvarse de su fatal destino. Una ignorancia que se vuelve traicionera y mata su egocentrismo.

Un carácter egocéntrico que no hay que olvidar, sino dudar de él, reconociendo nuestras virtudes y aceptando nuestras limitaciones. En su novena recomendación Monterroso dice: “Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto”. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor”. (IX)

Palabras grandes, frases escuetas de un Gran Aviador de la literatura

Artículo publicado en octubre de 2000 /Aviondepapel.com

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