Kafka, el apellido de la culpa

por: David González Torres

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Franz Kafka (1883; 1924) escribía para espiarse a sí mismo o quizás será mejor conjugar otro verbo: expiarse. El autor checo buscaba una respuesta a una pregunta que circundó toda su obra: ¿Por qué soy culpable? No hubo contestación; sí, Literatura.

En muchas de sus ficciones, autor y protagonista se funden y confunden. Sus personajes eran uno solo: un Kafka deshumanizado bajo el signo de una inicial: Kafka era K. Su obra sobrecoge, porque proyecta en nosotros un extraño sentimiento de angustia sin respuesta. ¿Por qué detienen a K. una mañana en “El Proceso”?

Al eliminar la causa y narrar la consecuencia, Kafka genera en nosotros, como lectores, la empatía, la repulsión. Abre un abanico de posibilidades, de las cuales alguna es la propia. Su temor se traslada a sus personajes y de ahí se proyecta en nosotros. ¿Acaso no somos todos culpables de algo?

La obra fragmentaría, con escaso cuidado de la sintaxis, no deja sino entrever que lo que fluía de su pluma era puro inconsciente: el padre que vigila hace que el hijo se espíe en cada línea que narra.

Ya desde su nacimiento, la confrontación entre el hombre, su padre y su mundo se reafirma. Kafka nació en 1883 el seno de una familia judía, germano parlante, en un gueto de una ciudad cristiana como Praga. Se crió y maduró bajo una educación autoritaria paterna, la sumisión de su madre y las obligaciones –status, matrimonio y trabajo- que una sociedad burguesa imprimían en la época.

El autor checo tomó como único camino la literatura para tratar de exponer su extrañeza de sí mismo y de la sociedad que lo oprimía. De su alienante trabajo en una correduría de seguros, entraba en secreto por las noches en una literatura delirante como método de autovigilacia.

Así, Franz Kafka escribía para definirse, en un ansia de entender y responderse. Se sentía permanentemente asediado por su padre. Por este motivo, muchos críticos ven en su obra la lucha tempestuosa contra la autoridad. Ahí aparece la temida presencia (o ausencia) paterna.

Kafka –su literatura-, por tanto, merodeaba la figura simbólica paterna y su neurosis le hacía culpar a los demás, a su ambiente, a su entorno, como fórmula de inculparse, siempre bajo un pecado invisible que nunca detectó.

Su tormento psíquico se complementaba con otro físico. No sólo se sentía identificado con los perseguidos y burlados, desplazando así su culpabilidad sobre los perseguidores, sino que los rastros biográficos muestran que se autocastigaba con una estricta dieta vegetariana, incluso dormía en pleno invierno con la ventana abierta.

Cualquiera de sus relatos sombríos remite a su obsesión. Kafka narra personajes enjaulados (“El artista del hambre”, por citar uno de sus memorables relatos) o detenidos sin motivo explícito. La insistencia que conjuraba sus fantasmas era latente: si tu padre escruta tus actos, poco a poco serás tú quien te espíes. Y esa culpa se hizo vocación.

Ya en su adolescencia Kafka comenzaría a cultivar la escritura como proyección de sí mismo. A los 14 años, en 1897, percibe que la literatura puede ser una vía de escape. Destruirá todo lo que había escrito en aquella época. No se sentía satisfecho. La misma sensación permanecería en él durante toda su vida.

A Max Brod le pidió que, tras su inminente muerte a causa de la tuberculosis, también hiciera desaparecer su obra. Brod no cumplió su palabra. Gracias a él, encontramos textos representativos que pueden definir la evolución biográfica y literaria de lo que más tarde se consideró literatura kafkiana. Uno de ellos es la novela corta “La metamorfosis”, una narración que tiene la animalidad como metáfora.

Escrita en apenas un mes, “La metamorfosis” tiene su génesis en una experiencia personal. Durante 1912, Kafka se ocupa de una fábrica de asbestos con la ayuda financiera de su padre. Su familia le reprocha que descuide su trabajo y el autor checo vuelve a sentir ese complejo de inferioridad respecto a su padre. Su traslación a la ficción es esta novela, donde Gregor Sampsa una mañana se despierta convertido en un insecto.

En su argumento, subyace el hecho de que el hijo supera al padre. Sí, mantiene económicamente a toda su familia, pero esta vida laboral, ajena a él, lo convierte en un animal que, poco a poco, sus familiares van exiliando de su propio hogar tras una puerta cerrada. ¿Cómo se sentía Kafka cuando escribió “La metamorfosis”? Quizás, como Gregor Sampsa.

La obsesión es una de las pocas materias narrativas que pueden transformar el apellido de un autor en adjetivo. Ardua labor. Franz Kafka, como otros autores universales, también lo logró. Aunque el escritor checo nunca supiera que su apellido paterno, que tanto lo atormentaba, se adjetivó en kafkiano.

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