Sheridan Lefanu, el escritor que inventó la primera mujer vampiro
11/12/2009 por: David González Torres
Cerremos los ojos en la oscuridad y rememoremos la figura de un vampiro. Desde un temblor, el imaginario nos devolvería, posiblemente, la silueta fílmica de Béla Lugosi en los claroscuros de un fotograma del Drácula de Tod Browning. Quizás, también emerja la elegancia neorromántica de Gary Olmand, en la adaptación contemporánea que Francis Ford Coppola hizo para el cine de la novela del escritor irlandés Bram Stoker (1847, 1912).
Sin embargo, el referente literario y primigenio del vampiro, como tal, no es masculino, sino femenino: se remonta a 1872. En ese año, el escritor –también irlandés- Joseph Thomas Sheridan Lefanu (1814, 1873) creaba a la primera mujer vampiro: su nombre literario fue Carmilla.
“Carmilla” es una pequeña nouvelle, o relato largo, en la que el propio Stoker se documentó para pergeñar su posterior Conde Drácula novelesco. Así, la obra vampírica femenina de Sheridan Lefanu pasó casi al olvido, convertida en libro de culto, pero superada por el mito y superventas masculino del conde transilvano de colmillos afilados y capa de cuello alto.
El argumento de la novela de Sheridan Lefanu comienza con los recuerdos en primera persona de Laura, una joven ingenua que vive con su padre en un solitario castillo de Estiria (Austria). Un día, el carruaje de una elegante dama y su hija tiene un accidente cerca de su casa. La dama le pide al padre de Laura que cuide de la hija enferma, llamada Carmilla. Entonces, comienza la historia de extraños acontecimientos.
Laura rememora el dolor de dos agujas en su cuello mientras despierta de un sueño en el que estaba en su cama en brazos de Carmilla. Paralelamente, mientras en la región de Estiria suceden extrañas muertes de mujeres jóvenes, el comportamiento de Carmilla genera sospechas en Laura. La joven extranjera permanece todo el día durmiendo en su habitación y sólo sale al atardecer. Entre ambas, también nace un sentimiento de afecto y casi enamoramiento.
La historia continúa con la estructura ya conocida por todos. El género novelesco de vampiros se plantea siempre con la misma secuencia: ataque vampírico, muerte, resurrección y cacería del monstruo. No desvelamos nada contando la carpintería de la trama, porque el valor literario de Carmilla es otro.
Sheridan Lefanu creó un arquetipo de modos y costumbres que luego perdurarían en el tiempo: las mordeduras en el cuello, la ocultación del vampiro a la luz solar, las incursiones nocturnas en forma de animal (gato y no murciélago)…
No obstante, lo que rezuma la novela es también el tono sexual y lésbico que le dio su autor al personaje de Carmilla. El escritor irlandés fusiona una historia de amor y terror entre las dos protagonistas femeninas, bajo un argumento basado en hechos reales.
Si Bram Stoker bebió de “Carmilla” para crear su Drácula, Sheridan Lefanu vampirizó la biografía real de la condesa húngara Elizabeth Bathory para componer “Carmilla”.
En el siglo XVII, la noble viuda Bathory fue conocida como La Condesa Sangrienta. Cuenta la leyenda, la historia o las infamias eclesiásticas, que la viuda practicaba magia roja, utilizando la sangre de jóvenes doncellas para hacer brujería. Algunos biógrafos relatan que en el castillo condal se descubrieron a muchachas torturadas y desangradas.
“Querida, sé que tu corazón se siente herido. No me juzgues cruel: me limito a obedecer una ley ineludible que constituye mi fuerza y mi debilidad. Si tu corazón está herido, el mío sangra con el tuyo. En medio de mi gran tristeza, vivo de tu exuberante vida, y tú morirás, morirás dulcemente por la mía. Es algo inevitable. Y así como yo me acerco a ti, tú, a tu vez, te acercarás a otros y aprenderás el éxtasis de la crueldad, que es una forma del amor. No intentes saber nada más de mí ni de mi vida, pero ten confianza con todo tu amor”
Estas son las palabras que enuncia Carmilla a Laura en uno de los pasajes de la novela de Sheridan Lefanu. No contaremos más. Leamos este long seller titulado “Carmilla” y cambiemos de nuestro adoptivo imaginario la figura vampírica masculina por el original: el femenino deseo de una vampira.


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