El editor que encumbró a Raymond Carver minimizando su literatura

por: David González Torres

Nadie sabe qué es lo que engrandece a un escritor. ¿Su talento? ¿Su obra? ¿Su leyenda? ¿Su muerte? Son demasiadas preguntas. Sin embargo, qué ocurriría si todas ellas derivasen hacia una sola afirmación: “Un escritor es lo que de su obra hizo su editor”. Por lo menos, a menudo, así sucede si hablamos del cuentista Raymond Carver y de su primer editor Gordon Lish.

El editor literario neoyorquino Gordon Lish era conocido como Capitán Ficción cuando trabajaba para la revista Esquire en la década de los 70. En dicha publicación, recibía manuscritos de autores estadounidenses de la talla de Richard Ford o Don Delillo, sobre los que actuaba casi como mentor. Por aquellos años, también de Raymond Carver.

Con este último nombre, surgió la controversia en torno a su labor editorial. Alessandro Baricco escribió en el diario La República un artículo que hablaba de otro artículo de D.T. Max, en el New York Times, que, a su vez, narraba de la denominada “polémica Lish”.

¿Quién era Gordon Lish? Pues el mismísimo editor-mentor de los relatos del omnipresente Raymond Carver. Lish, según dichas fuentes, fue el hacedor del estilo del escritor estadounidense. O dicho de otra manera más radical: Carver no inventó el género del realismo sucio, sino que la tijera minimalista de Lish hizo de sus cuentos ese desierto helado que ahora reconocemos en libros como “De qué hablamos cuando hablamos de amor”.

Así lo cuenta Baricco. Relata su viaje a Indiana y de cómo se adentró en un pueblito llamado Bloomintong. Allí, en la biblioteca universitaria Lylly, encontró las pruebas de los primeros manuscritos de Carver, que su editor Gordon Lish había donado a la institución. Baricco comparó esos escritos primigenios con las posteriores ediciones del autor de Oregón.

Según Baricco, Lish mutiló muchos de los célebres cuentos carverianos. El final de “Diles a las mujeres que salimos”, por ejemplo. Dichos documentos demuestran que  Carver amplió el relato en su primera versión en casi seis páginas para describir una violación y un arrepentimiento.

En cambio, la “versión Lish” menguó al máximo un final que tan sólo cuenta con cuatro líneas, apenas un párrafo que hiela la sangre y nos hace renegar del género humano: “No entendió nunca lo que quería Jerry. Pero todo empezó y terminó con una piedra. Jerry usó la misma piedra con las dos muchachas, primero sobre la que se llamaba Sharon y luego sobre la que debería ser de Bill”.

Es un ejemplo, pero ambas investigaciones -la de Baricco y la de T.D. Max- aportan más pruebas, engrandeciendo lo que ya se denomina “polémica Lish”. Al parecer, Carver había dotado de más sentimentalismo sus finales, haciéndolos más humanos; pero, claro, para evitarlo, ahí estaba la guadaña de Lish, su editor.

Ahora, se reeditan en España, Principiantes, las obras manuscritas de Raymond Carver en la editorial Anagrama -las que él entregó a Lish de puño y letra- sin esa otra mano invisible, sin esa poda final. La duda es si tal reedición no acabará con un mito y nos deje huérfanos.

Raymond Carver decía en algunas de sus conferencias: “La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor. Pero, hay que tener talento. No conozco a escritor alguno que no lo tenga”.

¿Tenía razón Carver o la tenía Lish cuando retocó su obra? ¿Un escritor es lo que su editor hace de él? Quién leería hoy a Franz Kafka sin la inestimable tozudez de su amigo y editor Max Brod, sin aquella promesa rota? En fin, sólo son preguntas.

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