La filosofía de Aristóteles explica la terrible soledad de Batman

por: David González Torres

batman_lee Foto Wikipedia.org http://upload.wikimedia.org/wikipedia/en/a/a7/Batman_Lee.png

Batman es el superhéroe más solitario de la factoría del cómic. Robin únicamente es su subordinado para su trabajo contra el mal; su mayordomo Alfred, antiguo instructor, también es una especie de mano derecha de servidumbre doméstica. Catwoman tampoco fue nunca su novia, sino su amor platónico.

Batman está más solo que la una; y es el filósofo griego Aristóteles, muerto en el año 322 antes de Cristo, quien nos explica por qué demonios El Hombre Murciélago, pese a que en su verdadera identidad humana es un multimillonario que todo podría conseguir, no tiene ni un único “buen amigo”.

No en vano, el filósofo griego, padre de la lógica, establecía tres escalas de amistad. Tenemos amigos “por interés” (por beneficio mutuo); compartimos amistades por placer (duran lo que dura el rato placentero); y contamos con los dedos de la mano a los “amigos perfectos” (almas en dos cuerpos comprometidas la una con la otra).

Pues bien, los personajes que rodean a El Caballero Oscuro no cuajan dentro de esta taxonomía aristotélica. El héroe que sale de su batcueva, con capa y máscara, y conduce su batmóvil para pelar contra el Joker, contra Dos Caras o contra El Pingüino carece de amigos del alma.

Por ejemplo, cuando Bruce Wayne (Batman) vio cómo los padres de Dick Grayson (Robin) murieron al caer durante ejercicio de trapecio en un circo, el millonario acogió al joven casi como un padrino benefactor. Wayne se desenmascaró, le confesó ser Batman y le llevó por la buena senda convirtiéndolo a Dick en su compañero de lucha justiciera.

Sin embargo, esta relación no avanzó hacia la amistad verdadera, como así la consideraba Aristóteles. Robin logró de Batman cobijo, alimento, formación y compañía. Batman ganó un colaborador, de menos pericia, para liberar más rápidamente a la ciudad de Gotham de malhechores.

Con los años, cuando Robin evolucionó hacia superhéroe de primer nivel, abandonó a su maestro murciélago. El joven mutó en Nightwing y -digamos- se divorció de Batman. Después de varios desencuentros, Bruce Wayne y Dick Grayson hicieron las paces, luchando juntos y enmascarados, casi de igual a igual. Surgió entonces una leve relación aristotélica placentera de amistad; y juntos, contra los malos, sentían confianza, pero nunca se elevaron como amigos perfectos.

Las relaciones de Batman con su mayordomo e instructor Alfred, incluso con el teniente de policía James Gordon, tampoco evolucionaron hacia una amistad íntima, “entre dos personas virtuosas comprometidas con lo bueno”. Era una amistad por trabajo o alianza: nada más.

Aristóteles decía que este tipo de amistades “por interés”, tarde o temprano pueden romperse. No es el caso de la tensión sexual entre Batman y Catwoman. Ambos poseen un afecto placentero.

Batman es consciente de que la Mujer Gata tiene buen corazón y quizás algún día deje de delinquir. Entre los dos existe una atracción romántica, una amistad aristotélica de placer: murciélago y gata, pese a que nunca han mantenido una relación sexual amorosa, “sienten placer” por estar “en compañía”.

Así lo explica Matt Morris, en uno de los artículos que compendian el libro Los superhéroes y la filosofía (Blackie Books, 2010). En este ensayo coral, profesores  universitarios, guionistas de comic o cineastas mestizan la genealogía y evolución psicológica de los superhéroes con las teorías de insignes filósofos.

De manera amena, este libro nos adentra en cuestiones como la de por qué Spiderman debe ser bueno, según la doctrina Kierkegaard; o cómo el lazo familiar mantiene unidos a Los Cuatro Fantásticos. La lupa de la filosofía, aquí, examina el comportamiento de superhéroes desde Daredevil a Hulk, de Superman a El Hombre de Hierro (Ironman) y hasta escruta a los mismísimos componentes de la Patrula X (X-Men), profesor Xavier incluido.

“Los superhéroes y la filosofía” es un libro del que pueden que despotriquen los eruditos de la filosofía por su mestizaje; y del que puede que los fanáticos del cómic digan: ¡bah, qué chorrada psicoanalítica! No obstante, es un ensayo necesario e imprescindible, porque recorre de manera didáctica dos de los pilares de toda civilización: la ahora –olvidada en la docencia- filosofía y, además, parte de los grandes mitos contemporáneos que han sustituido a la mitología grecorromana.

Si el siglo XX apenas se podría entender sin el cine, el rock y los comics (de Superman, Batman o Spiderman), nunca podríamos estudiar el origen de nuestra civilización sin rescatar a Heráclito, Descartes, Pascal, Darwin, Emerson o Kierkegaard, por citar a filósofos incluidos en este libro mestizo.

La soledad de Batman vista bajo la lógica de Aristóteles es un buen ejercicio de rescate de la Filosofía, ejercicio eficaz como puerta de entrada para neófitos que desconozcan las teorías que nos explican, entre otras cosas, a nosotros mismos.

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