Blade Runner quería titularse como la ciudad de Batman

por: Julio Vallejo

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La película Blade Runner (Ridley Scott, 1982) exuda aroma de cine negro por los cuatro costados, aunque quizá pocos sepan que se rodó en el mismo plato que clásicos del género como El halcón maltés o El sueño eterno.

Las peripecias de Rick Deckard, un detective que tiene que eliminar a unos seres “más humanos que los humanos”, se filmaron en Old New York Street, un conocidísimo decorado que décadas antes sirvió como escenario de algunas de las cintas más conocidas de Humphrey Bogart.

Es una de los datos curiosos que contiene Blade Runner: Lo que Deckard no sabía, un libro de Jesús Alonso Burgos que analiza las claves visuales y filosóficas de un filme tan peculiar como el creado por Ridley Scott en 1982.

El escritor palentino analiza las influencias estéticas que convergen en ese look triste, oscuro y casi apocalíptico de la ciudad de Los Ángeles. Además de las evidentes referencias a la mítica Metrópolis, un filme donde Lang nos mostraba una peculiar y terrible urbe futura, Burgos encuentra una referencia aún más clara: Gotham City, la ciudad en la que vive Batman.

El aire oscuro de los tebeos del hombre murciélago sobrevuela el mundo de Blade Runner. La influencia es tan clara que Ridley Scott quiso titular el filme el nombre del hogar de Batman, pero Bob Kane, creador del popular héroe enmascarado, no se lo permitió.

Si el aire gótico de la ciudad tiene influencias del cómic, los personajes y el aspecto visual de los interiores remite a la pintura. Especialmente interesante resulta la presencia de Edward Hooper en el aspecto lacónico de los personajes.

Obsesionado con captar el clima triste de los cuadros del famoso pintor americano, Scott no se cansó de enseñar el cuadro Nighthawks, uno de los más famosos del artista estadounidense, a todos aquellos que estuvieran relacionados de una manera u otra con el rodaje. El resultado consigue transmitir la misma melancolía que las maravillosas pinturas de Hopper.

Alonso de Burgos no elude uno de los puntos más controvertidos del culto a Blade Runner: la imagen de un unicornio blanco incluida en el montaje del director proyectado en los cines en 1992 y ausente del metraje de la versión estrenada en 1982.

La introducción de la imagen del animal dentro de un sueño de Deckard, el cazador de replicantes protagonista del filme, pondría de manifiesto que el propio detective es un ente de naturaleza similar a los humanoides que tiene que aniquilar. De esta manera, el montaje eliminaba de un plumazo el carácter humano del personaje principal. El recuerdo se convertiría en un peculiar implante propio de los replicantes.

Al parecer, la idea de insertar la famosa imagen estaba en la mente del director durante el metraje de la primera versión del filme, pero los productores del largometraje decidieron desecharlo.

Lo que sí parece claro es que la escena incluida finalmente en el montaje del director estrenado en 1992 no es la que iba a aparecer en un primer momento. Algunos señalan que la escena que finalmente se insertó en el montaje del director era metraje descartado, mientras que otros, más maliciosos, creen que el unicornio está sacado directamente de Legend, la siguiente película de Ridley Scott.

Burgos también escarba en el carácter simbólico de algunas imágenes. Los oscuros exteriores del filme oscuros y repletos de fábricas que vierten productos inflamables parecen remitirnos al Hades, el infierno del periodo clásico. Por el contrario, las peculiares pirámides que sirven como refugio a Tyrell, el extraño creador de los replicantes más humanos que los humanos, contribuyen a convertir al personaje en una versión ciberpunk de los faraones egipcios, verdaderos dioses sobre la Tierra.

El escritor palentino no se olvida de analizar las connotaciones filosóficas del filme. Quizá el aspecto más curioso y revelador sea la línea de diálogo de Pris, la bella replicante interpretada por Daryl Hannah: “Pienso, luego existo”.

La famosa máxima de René Descartes pondría de manifiesto el carácter humano de unos seres que piensan y sienten, aunque no estén hechos de material orgánico. Al fin y al cabo, la publicidad les vendió como “más humanos que los humanos”.

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