El manual de autoayuda de Ray Bradbury para escritores en crisis

por: David González Torres

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Enterremos con esta frase la imagen romántica del escritor triste, bohemio y que sufre mientras pare su novela, relato o poema. Leamos primero la frase en cuestión. Es de Ray Bradbury (Illinois, Estados Unidos, 1920), en su ensayo Zen en el Arte de Escribir. Dice así: “Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias”.

En este libro, Bradbury aconseja no estar tan ocupado “en el mercado comercial” o en las tendencias “de vanguardia” y sí inmerso en nuestra experiencia vital, recuerdos o anécdotas cotidianas.

El autor de novelas como Crónicas Marcianas apuesta así por una escritura similar a un parte meteorológico. Su metáfora explicaría así que la narración debe informar de un tiempo “caluroso hoy” y “refrescante mañana”, aludiendo directamente a los distintos estadios de ánimo que atraviesa el personaje literario.

“Para rescribir ya habrá tiempo. Hoy, ¡estalle, hágase pedazos, desintégrese! ¿Por qué no disfrutar de la primera [versión], con la esperanza de que su gozo busque y encuentre otros que al leer su relato también se incendien?”, nos pregunta Bradbury.

En Zen en el Arte de Escribir, el escritor estadounidense también nos confiesa cuál es el modus operandi de su inventiva. Desde adolescente, Bradbury anotaba en un cuaderno escolar varias listas de sustantivos, títulos de relatos o provocaciones -como así les llama-, para luego trasladarlas a alguno de sus relatos. La lista era como un detonante.

Emergían de estas enumeraciones recuerdos, como su miedo infantil a un tiovivo que años después se transformó en La Feria de las Tinieblas. Su arte de escribir es bucear en uno mismo, parece decirnos.  No en vano, además de las listas, nos sugiere seguir una serie de rutinas diarias para que nos visiten las musas. En este sentido, se postula por leer todos los días: y no sólo narrativa.

“La poesía ejercita los músculos que se usan poco. Conserva la conciencia de la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. La poesía es metáfora o símil condensado”, añade.

La dieta lúdica de la lectura tendría en el ensayo otro ingrediente. Ensayo y poesía, sí nos dice Bradbury, pero también nos invita a leer las obras literarias de aquellos escritores que narran como quisiéramos narrar nosotros.

“Sin duda mi tiempo es teatral. Está lleno de chifladura, desenfreno, brillantez, inventiva (…) Yo no quiero ser conferenciante esnob, ni reformador aburrido. Quiero correr, gozar (…), persiguiendo ideas”, escribe Bradbury.

Zen el Arte de Escribir es así un ensayo que, si bien el autor publicó en 1994, mantiene hoy su espíritu lúdico, su filosofía alegre, su pulso ejecutor contra ese cliché del escritor triste y atormentado, cualidad que, antes del libro de Bradbury, parecía suficiente y necesaria para pergeñar una buena novela o un excelente relato.

Terminemos, por tanto, como empezamos, con una respuesta a una pregunta que se convierte en aforismo cuando es Ray Bradbury quien la contesta. El interrogante que se plantea el escritor americano y es cómo es posible crear sin ser “un despojo de nervios”.

“Todos los días de todas las semanas de todos los años hay alguien que lo hace. Atletas. Pintores. Budistas zen con arcos y flechas. Hasta yo puedo”, finaliza Bradbury.

Cuando terminamos de leer una frase de tal rotundidad, nos imaginamos a su autor tal y como está retratado en la fotografía de Thomas Victor, que precede a los primeros párrafos de Zen el Arte de Escribir. La foto nos muestra a un escritor cano desplegando una amplia sonrisa, mientras casi acaricia el pelaje de un gato negro.

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