Muchos escritores matarían por este inicio de novela

por: David González Torres

El párrafo inicial que nos introduce en Macondo, la sensorial primera frase de `Lolita´ o el extrañamiento con que Kafka nos alerta de cómo Gregor Samsa se convierte en un bicho son algunos de los comienzos de novela más portentosos de la literatura. Muchos escritores matarían por un inicio así.

Gabriel García Márquez conducía dirección Acapulco para pasar allí sus vacaciones. Durante el trayecto, le asaltó una frase.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

El escritor colombiano frenó el coche. Dio la vuelta y convenció a su mujer. Tenía que escribir urgentemente lo que primero intentó titular como La casa grande y luego fue Cien años de soledad.

Desde aquella epifanía, García Márquez decidió escribir durante 18 meses una novela que persiguió durante años.

El comienzo de Cien años de Soledad resuena a cuento infantil, a un érase una vez. El Premio Nobel lo cuajó con un binomio fantástico.

El “hielo” y un “pelotón de fusilamiento” son significados ajenos que, juntos, nos abren la puerta a un mundo mágico, ese Macondo, donde las cosas aún no tenían nombre y había que señalarlas con el dedo.

Es uno de los inicios novelescos más portentosos de la literatura. Como así lo fue la sensorialidad pecaminosa de Lolita, de Vladimir Nabokov. El autor ruso siempre decía a sus alumnos que la mejor literatura era la que nos producía un hormigueo en la médula espinal.

El tormento de Humbert Humbert nos cruge la espina dorsal cuando leemos este primer párrafo.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”.

Aunque quizás sea La metamorfosis, de Franz Kafka, la novela corta con el inicio más contundente. La literatura kafkiana siempre se inicia en media res –con la acción empezada-.

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón”.

De ahí que los primeros párrafos de la obra Kafka, que parecen finales, causen tanto sobresalto en el lector. Su literatura sobrecoge, porque proyecta en nosotros un extraño sentimiento de angustia sin respuesta.

¿Por qué se convierte Samsa en insecto? Kafka elimina la causa y narra la consecuencia. Genera en el lector la empatía con la culpa de sus personajes. La omisión de la explicación de por qué son culpables es la clave de toda la literatura kafkiana.

Otro de los portentos primeros párrafos de la novela por el cual cualquier escritor se revuelve de envidia e incluso mataría, quizás sea la aventura submarina narrada por Herman Melville.

El arranque de Moby Dick, en esa primera persona, nos retrata de una manera casi perfecta la psicología del protagonista que luego navegaría con el obseso capitán Ahab en busca de la ballena blanca.

“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación”.

Sin embargo, deberíamos regresar a uno de los clásicos españoles más leídos en el mundo para alegrarnos de un comienzo patrio como este. La primera frase de El Quijote es una de las más estudiada por los filólogos.

Don Miguel de Cervantes convirtió su novela de caballería en un libro poliédrico que cada siglo cuenta con una interpretación nueva: canto a la libertad, oda a la locura romántica, crítica social de la decadencia de la hidalguía…

El Quijote es una novela de personaje –cuenta más el protagonista que la trama-. De ello dan fe estas primeras líneas.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

No en vano, un inicio de novela así, con esa intromisión del narrador (de cuyo nombre no quiero acordarme), se presume insuperable.

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