Tu compañero de oficina nunca será un Bartleby

por: David González Torres

Un abogado trabaja en una oficina de Wall Street. En su despacho, y a su cargo, tiene a dos empleados copistas; además de a un joven meritorio para los recados. Estamos en una época en la que los documentos comerciales aún se copiaban a mano. Uno de los amanuenses es Turkey. Puede que sea tu compañero de oficina.

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Turkey es algo excéntrico y un poco ciclotímico. Trabaja frenéticamente por la mañana, con bastante eficacia, pero con una celeridad que produce errores (a menudo, mancha de tinta los documentos que copia). Sin embargo, tras la comida cambia de humor, desparrama papeles hasta arrancarse con ataques de ira. Es algo entrado en años, pero se ve capacitado para acometer su labor. Ni le chistes al respecto.

Turkey tiene como compañero a Nippers. Joven, de 25 años y ambicioso. No en vano, a algunos de los clientes del bufete los llama “mis clientes”. Hecha pestes cada vez que se equivoca. Sus enfados los combina con leves indigestiones. Nippers no soporta su mesa, lucha contra la incomodidad de su silla, que es como decir que odia su trabajo. Su traje, además, siempre está grasiento y huele a comida.

Si no es Turkey, quizás sea Nippers tu colega de oficina o Ginger Nut. Es tercer empleado de este bufete, un chico para todo, el meritorio que se ocupa de comprar manzanas o pasteles al resto de oficinistas.

Y, luego, está Bartleby.

Bartleby, el escribiente, es uno de los personajes literarios más controvertidos, creado por Herman Melville para el relato del mismo nombre. Bartleby se convierte en un personaje metáfora. Si trabajas en una oficina y tus compañeros ni son Turkey, ni Nippers, ni Ginger Nut, es improbable que tampoco sea Bartleby.

En estos tiempos que corren, pocos oficinistas pueden permitirse su comportamiento. Bartleby repite hasta la saciedad la misma frase: preferiría no hacerlo, casi como un mantra, un lema de resistencia pasiva.

Cuando su jefe – Melville lo invoca en el relato como un narrador en primera persona-, le pide que deje de redactar documentos y le ayude a revisar, una a una, cada copia frente al original, Bartleby se niega: preferiría no hacerlo.

Su superior y sus compañeros le reclaman obediencia debida. Él, en cambio, prefiere no hacer nada más que lo que sabe hacer: redactar con eficiencia los documentos. Ni una tarea más. Ni una menos.

Según prosigue el relato, su rebeldía avanza hasta la negación pura. Bartleby prefiere no hacer nada; absolutamente, nada. Su postura es incontestable. Ni revisa ni copia; luego, se queda a vivir en el mismísimo despacho.

Herman Melville publicó, por primera vez, de manera anónima su relato en un frío invierno de 1857. Era otra época.

“Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva”, escribía Melville en este relato. La frase explota como un aforismo.

No obstante, es improbable que hoy un trabajador, un empleado, ese compañero que se sienta al lado nuestro en la oficina, replique las tres palabras de Bartleby. Porque, tal vez, sea el escribiente el personaje de la literatura de oficina aquel que más deseo de imitar genere; pero, al mismo tiempo, el más complicado de encontrar junto a ti en tu realidad laboral.

Sí reconoceras en tu oficina a personajes marcados por la culpa, reprimidos, que están en tránsito siempre de hacer cosas que nunca culminan. Porque algo invisible se lo impide. Ni él mismo sabe el qué. ¿El agrimensor de El Castillo, de Franz Kafka, o el protagonista de La Metamorfosis, trabajan contigo de ocho a seis?

O puede, sin embargo, que llegues cada mañana a trabajar. A un astillero. El astillero de la Santa María de Juan Carlos Onetti. Está en ruinas. Algunos subordinados de administración comparten oficina con Larsen (Juntacadáveres), un hombre que se empecina en seguir ejerciendo, cada mañana, como gerente en ese astillero, sin barcos, sin clientes, sin operarios, un lugar abandonado por sus patrones, un trabajo fantasma: pura literatura, de oficina.

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